Los perros que salvaron mi vida

 

Por Carmen Zavaleta

 

Alan Blasco es un creador que pone la mirada en los eventos cotidianos que definen nuestras relaciones, su teatro suele observar  con lupa cómo se construye nuestro día a día y desde dónde nacen los conflictos que nos llevan a situaciones límite; así sucede en Razones para decirte adiós, y en Los perros que salvaron mi vida,  una puesta  con alma que lleva al público por un recorrido amoroso de cuatro patas.

Fotografías otorgadas por producción

En la anécdota, Rufo un perro mestizo es adoptado por Aron, joven escritor y actor quien vive al día, que lucha por una oportunidad en la industria y que sin sospecharlo encontrará en su compañero canino una manada entrañable. 

La puesta tiene grandes aciertos bajo la dirección de Estefanía Norato y Abigail Pulido, dos creadoras sensibles que han conformado un equipo de trabajo sólido en este montaje. La historia es contada desde los ojos de Rufo y en nuestros días pocas cosas hay más placenteras que escuchar a través de la voz de un perro  la relación que se ha establecido con las mascotas, de las que nos separa una delgada línea entre lo animal y lo humano, lo bueno de lo humano. 

Alan interpreta a Rufo, un lomito con una voz juguetona y mirada expectante, que cada día descubre la vida junto a su papá- amo y a lo largo del relato recuerda que lo importante es vivir, el aquí y el ahora. 

Alan realiza un excelente trabajo corporal: ataviado con un vestuario beige el actor (y autor de la obra, por cierto), trabaja cada parte de su cuerpo con los movimientos y la energía exacta  para darle presencia al peludo amigo:  rascarse con una pata, rascarse el lomo, correr, sentarse. En su trabajo se reconoce una enorme capacidad de síntesis y de observación para la construcción del protagonista, lo más importante es que su tarea no es imitar a un perro, lo crea desde cero y captura su esencia; es por  sus palabras por  las que conocemos la historia de su familia, los sinsabores, los problemas económicos, las amistades  y amores humanos que lo cobijan.

La  escena cuenta con la  música en vivo de Ana Tiaré quien rodeada de fotos de perros, con su guitarra y melodías construye las atmósferas y acompaña el recorrido emocional de los personajes e inevitablemente toca al público. La escenografía e iluminación de Edgar Mora, también son un acierto y ejemplo de que el teatro no siempre necesita grandes escenografías para acotar los espacios de la acción de manera contundente, aquí un biombo de madera correctamente iluminado y colocado se transforma en las paredes y los muebles de la casa de Rufo y Aron, en su espacio familiar, su madriguera.  

Lo obra aborda la salud mental y el amor incondicional, toca el espíritu; además apoya a la Fundación El amor de Atenas y el Refugio Dejando Huella, ubicada en Calimaya, Toluca que actualmente alberga más de 50 perros que esperan alimento, donativos, cuidado y un hogar. En conclusión, Los perros que salvaron mi vida es un teatro amoroso que vale la pena vivir; un teatro bien perro.

 

 

 

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