Por Verónica Mastachi
Cuando el privilegio de no tener que preocuparse por
ganarse la vida nos sumerge en el ensimismamiento, ¿corremos el peligro de
perdernos en el oleaje de la marea que nuestros propios pensamientos provocan?
Es posible, y considero que ésta es una de las tantas reflexiones que se
establecen en Moscarda, una puesta en escena plagada
de detalles y momentos inesperados, así como de aforismos muy reveladores.
Entre humor ácido, melancolía, cantos y máximas
filosóficas, somos invitados a conocer la intrincada relación de Ángelo
Moscarda, heredero de un banco, y su esposa, que aparenta ser una “mosca en la
pared” y, sin embargo, su presencia es más importante de lo que podría pensarse
al inicio del primer acto. Mientras presenciamos su inusual forma de relacionarse,
somos asimismo testigos de la multitud de pensamientos que habitan en la mente
de Ángelo, y en lugar de sorprenderse o detenerlos, da rienda suelta al tropel
de sus ideas e incluso las documenta en una grabadora de mano.
Excepcionalmente interpretados por Eduardo Candás y Alexia Ávila, bajo la dirección magistral de Verónica Albarrán, quien además es la dramaturga de este imponente texto basado en la novela Uno, ninguno y cien mil de Luigi Pirandello, vemos a los Moscarda ir y venir en una danza agitada entre tener todo el tiempo que perder y la negación de Ángelo a ser errático ante la convicción de estar fragmentado en cien mil versiones de él mismo a partir de la mirada de los otros y la necesidad de ser el agente que determine la percepción que los demás tienen de él.
El vestuario y la escenografía son fundamentales para
posicionarnos en la burbuja moscardiana, inspirada en el expresionismo alemán y
el film noir. Muebles y estilo de época, aparatos que hoy están en
desuso como los visores de diapositivas fotográficas, así como la jaula de un
canario y un juego de cartas adivinatorias, además de muchas lámparas
titilantes y varios espejos. Nada es casualidad en la casa de los Moscarda, de
la misma forma en que todo lo que dicen va cobrando sentido y teniendo más de
un significado durante el desarrollo de la puesta en escena.
Uno de los diálogos que más me impactó, el cual sucede en
el segundo acto, refiere a que morimos cuando nos conocemos, partiendo de la
noción de que necesitamos dejar de vivir para poder vernos en un espejo. Esta
analogía sobre la experiencia humana expone la dialéctica entre el ser y el
parecer: ¿somos quienes nosotros creemos ser o quienes los demás creen que
somos?
Como bien saben si ya han leído algunas de mis reseñas, no me gusta dar muchos spoilers y Moscarda es una de esas obras de teatro que, por más que uno se quiera enterar de qué trata antes de ir a verla, la experiencia de cada espectador es única y probablemente no sería la misma aunque viéramos la obra varias veces, que es lo que planeo hacer. Quizá se pregunten por qué no he dicho nada que retome el título de esta reseña, y precisamente quiero que se queden con la duda para que vayan a descubrirlo cuando Moscarda regrese a cartelera. Sólo les diré que tiene que ver con la memoria de lo que está vivo.
Moscarda está dirigida a un público adulto, con un guiño especial
para los amantes del cine negro y los interesados en la psicología de las
complejidades. La temporada en el Foro Principal del Foro Shakespeare culminó este domingo 31 de mayo, que fue la función a la
que asistí. Les recomiendo seguir en Instagram la cuenta @moscarda_obradeteatro
para que sean los primeros en enterarse de todos los detalles de su próxima
temporada en el teatro La Capilla.
Gracias a Sandra Narváez por la invitación y las facilidades para la realización de
esta reseña.

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