La comedia de las acotaciones

 La comedia de las acotaciones: Un regreso inédito al mundo Calamidad de Gerardo Mancebo del Castillo Trejo.

por Verónica Mastachi

Hay montajes que no pueden, y quizá no deben, repetirse. Porque son sagrados y con una sola temporada vivirán en nuestros corazones y nuestra memoria por siempre como si hubiéramos comido romero. La comedia de las acotaciones o la farsa trágica de unos ojos ajenos a Edipo, del maestro Gerardo Mancebo del Castillo Trejo, es el ejemplo perfecto de lo que describo.



Mancebo del Castillo Trejo pudo haber dejado este plano terrenal-dimensional en el año 2000, muy ad hoc con el fin de una era, y sin embargo, como bien lo dijo David Olguín en la develación de la placa conmemorativa de este momento histórico del teatro mexicano que realizó junto con Nora Huerta, los muertos siempre se encuentran en la boca de los vivos. Es por eso que Gerardo seguirá aquí, aunque ya no esté ni material ni espacial-temporalmente presente. Es así que esta puesta en escena, la última suya, nunca antes montada, es sagrada y mística. Única e irrepetible como los milagros.

Un bufón que es nostalgia. Un príncipe azul perdido en sí mismo y en su lujuria. Una princesa que se sale de la historia por andar hablando sola. Un ujier hecho pedazos por el humo que confunde. Una reina de las mentiras que es más que verdadera. Una estrella que añora a su amado y se devora el universo. Un oráculo con buenas intenciones. Y muchos otros personajes que son acotados por una narrativa insana y explicados con extrema cordura por notas al pie que yo sí leería. Ah, y un Edipo repudiado y descabezado.

De repente, la nada. Un cementerio incierto en el que nadie contesta. Y una vorágine de escenas que nos llevan a las muchas dimensiones creadas dentro del mundo Calamidad de Gerardo Mancebo del Castillo Trejo. En el momento en que entendí lo que estaba pasando, sentí que el tiempo se detuvo para también ser testigo de tanta genialidad, y cómo no, si casi nunca hay oportunidad de admirar algo semejante.

La dirección a cargo de Alfonso Cárcamo le dio coherencia a las capas de locura que habitan en este maravilloso texto, tan divertido como emotivo, y trágico y sórdido y vomitivo y espeluznante y también hilarante. Todo a la vez, al mismo tiempo y fuera de tiempo y… bueno, qué más les puedo decir.

Sigo y seguiré impresionada porque esta obra es hacer aire en el aire, amor esculpido en texto, entregado de maneras tan inesperadas como inequívocas por cada uno de los que participaron, y regaladas a todos espectadores que tuvimos el privilegio de asistir a alguna de sus funciones en el Foro La Gruta, que también fue refugio de muchas de las puestas en escena realizadas por el dramaturgo.


La escenografía e iluminación estuvieron a cargo de Patricia Gutiérrez Arriaga, el vestuario lo diseñó Adriana Olvera y tengo que decir que me encantó porque fue algo así como un maximalismo jipiteca en total armonía con el caos del montaje. El diseño sonoro fue de Tareke Ortíz y Zoé Méndez fue asistente de dirección.

La puesta en escena fue una producción de Cacumen Producciones en colaboración con Seres Comunes, encabezada por Tizoc Arroyo, con Karina De La Cruz en la producción ejecutiva. Fue posible gracias al estímulo fiscal EFIARTES (artículo 190 de la LISR).

Gracias a Sandra Narváez por la invitación y la oportunidad de hacer esta reseña. Aún cuando las palabras no tengan sentido, el teatro siempre tiene razón de ser.




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