Por Verónica Mastachi
Al involucrarme en la escena teatral de nuestra ciudad
como espectadora, me gusta disfrutar de propuestas que me obliguen a mirarme al
espejo y cuestionarme dentro de diversas dinámicas sociales. Actualmente en la
cartelera del Foro Lucerna se presenta una obra que hace
exactamente eso: Hedda. Bajo la dirección escénica y
adaptación de Eduardo Córdoba, esta potente revisión del clásico universal de Henrik
Ibsen nos traslada del realismo decimonónico al México actual.
Lo que hace fascinante a este montaje, y en donde
encuentro su mayor valor analítico, es cómo coloca el dedo en la llaga sobre el
drama de atravesar nuestras vivencias desde la validación ajena. La historia
presenta a Hedda, interpretada por Angélica Bauter y Jorge Tesman, encarnado por Abraham Lombrozo. Recién casados, habitan un hogar dominado por la
inteligencia artificial. En este contexto, Hedda se enfrenta a una existencia asfixiante en la que lucha
por encontrar sentido. Su vida está rodeada de relaciones superficiales y se
siente atrapada en un mundo saturado de aspectos digitales, lo que intensifica
su vacío interior hasta llevarla al límite. Sin embargo, esto no la excluye de
aspirar al reconocimiento de la clase social a la que pertenece muy a su pesar.
En esta versión contemporánea, la tecnología trasciende el
ser un recurso para convertirse en un símbolo del peso que sentimos al ser
observados y medidos permanentemente por sistemas que parecen saber demasiado.
La puesta en escena expone un retrato brutal de la autodestrucción humana frente
a la hiperconectividad. Hedda confronta su deseo, su frustración y su vacío emocional
en pleno apogeo de las redes sociales, a las cuales repudia. Es inevitable
preguntarse, como bien lo plantea el texto, qué ocurre cuando ese vacío
interior se disfraza de perfección exterior en una búsqueda constante de
aprobación.
El conflicto psicológico se detona también por las figuras que rodean a la protagonista, como Gilberto, interpretado por Alonso Íñiguez, un antiguo amor que representa todo lo que ella no se atrevió a ser. También gravita a su alrededor el poderoso abogado Brack, a cargo de Ernesto M. Agraz alternando con José Ramón Berganza, una encarnación viva de la manipulación y el control social. El elenco, completado por Alexis de Anda como Laura y Pilar Flores del Valle como Juliana, transita por una historia donde la presión social y la necesidad de encajar conducen a un desenlace devastador.
Toda esta asfixia digital está respaldada por el equipo
creativo. El diseño de escenografía de Aurelio Palomino construye un espacio saturado de pantallas y dispositivos
inteligentes, mientras que el diseño de video de Yoatzin Balbuena subraya la constante vigilancia y exposición que define
nuestra época. Por su parte, el vestuario de Airam NanCen perfila atinadamente a personajes que están superados por
su imagen pública y por la construcción digital de su identidad. Todo fluye
envuelto en la atmósfera sonora de Alan Muciño, donde lo tecnológico y lo emocional se entrelazan.
Este montaje demuestra con contundencia que los clásicos
sobreviven por su profunda comprensión de la naturaleza humana. Hedda plantea que la hostilidad y la frustración constante
nacen cuando somos incapaces de transformar nuestra propia mirada, colocando el
conflicto en un terreno donde el enemigo no viene de afuera, sino de adentro.
En una sociedad que repite patrones de desconexión, este personaje se vuelve un
espejo tan incómodo como necesario.
Considero que es una excelente oportunidad para
reflexionar sobre nuestras propias prisiones digitales. La obra sigue en
cartelera hasta el 1 de junio en el Foro Lucerna, con funciones los lunes a las 8 de la noche. Los boletos
tienen un costo de 450 pesos y están disponibles en la taquilla del Foro Lucerna y a través de TicketMaster.
Gracias a Sandra Narváez por la invitación y las facilidades para la realización de
esta reseña.


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