Por Verónica Mastachi
Hay veces en que el escenario es el único refugio donde
podemos procesar las fracturas sociales que nos rodean. La pérdida del hogar y
el desplazamiento son heridas profundas en nuestro tejido colectivo, y son
fenómenos que he examinado de cerca a través de la sociología pero que rara vez
se tocan con tanta delicadeza como lo presencié el pasado domingo 3 de mayo.
Esa tarde asistí a la función de clausura de una cortísima temporada de Girasoles en la Luna en el Foro A Poco No, ubicado en el Centro de la Ciudad de México.
Ante la hostilidad y el caos global, esta obra unipersonal
de la Compañía Teatro Lunar se levanta como una urgente petición de sosiego y
reconciliación. Con un sólido respaldo de 16 años de experiencia, la agrupación
nos entrega una pieza de teatro físico y clown que aborda la crudeza del
desplazamiento forzado y la orfandad. Escrita, dirigida y actuada por Honorio Israel Ríos
Hernández, la puesta en escena transforma
el dolor del exilio en un acto palpable de ternura y resistencia afectiva.
En este montaje, el público adolescente y adulto es invitado a transitar por un desierto emocional junto a Tristán, un viajero constante en el que se funden el niño y el hombre, quien busca reencontrar a sus padres desaparecidos a causa de la guerra, acompañado únicamente por una planta de girasol. Ríos Hernández utiliza marionetas híbridas y expresión corporal para construir una atmósfera verdaderamente onírica. A través de esta propuesta escénica, el dolor de la migración no se evade, sino que se ilumina con humanidad y belleza, ofreciendo una experiencia que emociona profundamente.
Lejos de estancarse en un relato trágico, el juego teatral
y el humor se convierten en herramientas indispensables para celebrar la fuerza
de la resiliencia humana. El cuerpo del actor y los objetos en escena logran un
diálogo directo con las experiencias de los espectadores, recordándonos que el
afecto y la memoria son anclas fundamentales cuando el mundo entero parece
desmoronarse. El personaje central resiste con su memoria y su capacidad de
juego, encarnando la esperanza vital, necesaria para afrontar las tensiones de
nuestra época.
Fue sumamente enriquecedor cerrar este breve ciclo de
cuatro presentaciones siendo testigo de un trabajo artístico tan amoroso y
cuidado. Girasoles en la Luna reafirma el poder que tiene el teatro mexicano para hablar
de las heridas contemporáneas con un humanismo inquebrantable. Al salir del
foro, me llevé la certeza de que, incluso ante la pérdida y el dolor, la
empatía y el amor siguen siendo el antídoto más poderoso contra la desolación.
Gracias a Sandra Narváez por la invitación y las facilidades para la realización de
esta reseña.


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