Verónica Mastachi

 Por Verónica Mastachi

Crónica de una insurrección: La noche en que Casa Ennea se volvió trinchera


Fotografía otorgado por la producción

A inicios de diciembre del año pasado, Casa Ennea fue más que un estudio de arte. Su recinto se convirtió en refugio de resistencia. Bajo el título “Poéticas x Libres”, la velada no fue una función convencional, sino una declaración de principios. Fue una revolución creativa que nos recordó que la libertad no es un estado dado, sino que, como bien rezaba el programa, es un sol naciente que se busca todos los días.

Alejados de las grandes marquesinas y los esquemas institucionales, tres creadores nos invitaron a una experiencia íntima donde la cercanía con el espectador borraba cualquier barrera de seguridad para invitarnos a una intimidad transformadora.

La noche abrió con Paula Hugh y su “Ritual 404: metáfora del vacío emocional”. Fue un golpe de realidad disfrazado de anécdota. Hugh utilizó su cuerpo para exponer las fisuras del medio dancístico, evidenciando la precariedad, el abuso y esa máscara social que todos llevamos puesta. Entre la risa nerviosa y el silencio incómodo, la pieza funcionó como un espejo de nuestras propias decadencias internas. Fue una denuncia hecha movimiento donde el vacío se enunció como una verdad ineludible. La frase que me marcó de esta presentación fue “cargaba su rifle hecho de palabras”. Una imagen tan potente como el mensaje y el performance de Paula.

El tono cambió radicalmente, pero sin perder intensidad, con Roberto Mosqueda y “La Leyenda del Ermitaño”. Mosqueda, celebrando su propia crisis de los cuarenta acompañado de mi amada Alanis Morissette en la música con “Thank you” y “You learn”, nos llevó de la mano por un cuento fantástico que se sentía extrañamente personal. Su Miguel Cabrera, un joven nacido con dones mágicos en la Nueva España, se dibujó como el vehículo perfecto para atravesar temas universales como el desapego, la rebeldía y la búsqueda del propio poder. Roberto navegó con fluidez entre el stand up, la conferencia y el teatro físico, recordándonos que todos necesitamos encontrar a nuestro propio ermitaño para recuperar lo que el sistema (o la vida) nos ha arrebatado. Y es que, como lo dijo Mosqueda, el deseo creativo se puede convertir en herida si no tiene un entorno que le sostenga.

El cierre de la puesta en escena fue visceral. Sebastián Santamaría nos presentó el catorceavo capítulo de “La Caballota”, titulado ‘El Nacimiento’. Aquí la palabra representación quedó corta, pues lo que vimos fue una encarnación. Santamaría trajo a escena a una criatura híbrida, una entidad transespecie que desafía las normas del género, la biología y las morales en turno. Fue una poética del exceso llena de sudor, jadeo y temblor. En esa tensión entre la dureza y la ternura fuimos testigos de un parto simbólico, una grieta en la realidad que nos invitó a imaginar otras formas de habitar nuestro cuerpo.

Salir de Casa Ennea aquella noche fue llevarme la sensación de haber presenciado algo frágil y potente a la vez. Tres obras contrastantes unidas por un hilo invisible, la certeza de que el arte, cuando es libre, tiene la capacidad de abrir portales en medio del caos cotidiano.

Gracias a Sandra Narváez por la invitación y las facilidades para la realización de esta reseña. Y, si alguna vez ven “Poéticas x Libres” en cartelera, no duden que será una experiencia inmejorable y transformadora desde el grito de guerra que nos pide el alma.

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