Por
Verónica Mastachi
El martes pasado fui a ver un
unipersonal diferente, el cual me puso a pensar mucho y me animó a salirme de
mi contexto femenino para apreciarlo aún mejor, como persona más allá de un
enfoque de género. Desde el inicio la diatriba es clara, sin embargo, yo
siempre intento ser más profunda y esta puesta en escena me ayudó a lograrlo.
Para empezar, ¿el amor es
realmente, objetivamente, una mierda, o nosotros la cagamos en nombre del amor?
Puesto en otras palabras: ¿somos esclavos de nuestro ideal del amor a grado tal
que, al ejercer el arte de amar en la práctica, nos ponemos el pie sin darnos
cuenta de que, más que vivir el amor, estamos intentando hacerlo a la
perfección para que se ajuste a nuestro ideal o, peor aún, a lo establecido
como ideal por unanimidad y convención social?
Quién no se ha cagado en el
amor, o lo ha maldecido, o ha aborrecido el instante exacto en que conoció a
aquella persona quien fue su todo durante un tiempo que duró menos que los
buenos momentos que se van borrando con cada acción egoísta. El amor es, uno es
el que no sabe apreciarlo y mantenerlo vivo y dejarlo ser. O eso pienso yo.
Alguna vez escribí con un corazón
adolescente medio roto que “yo amo siempre, aunque no haya a quien amar”, y me
atreví a decirlo en alguna que otra pelea juvenil con parejas inestables. ¿Será
cierto? ¿Podemos amar aún después de haber destruido eso que dijimos era lo que
más habíamos deseado tener en la vida? ¿Amamos mejor o peor después de perderlo
todo? ¿En realidad amamos a quien lastimamos, o es un espejismo que calificamos
de amor porque eso parecía tras el filtro de las ilusiones enamoriscadas?
Escrita magistralmente y dirigida de la misma forma por Cecilia Meijide, la obra es protagonizada por Gastón Filgueira Oria, quien se entrega al personaje sin miedo, quizá como todos nos entregamos al amor cuando nos pega de frente como una epifanía feliz. Me gustó mucho la dramaturgia y también la cercanía con la edad de la pareja. Un dato interesante es que el texto original ha sido adaptado por diversas compañías teatrales de distintos países para acercarlo a contextos específicos, lo cual le establece como un puente cultural gracias a su universalidad.
Como saben, si ya me han leído
antes, yo intento no dar spoilers en mis reseñas. Y en este caso siento que ya
les dije mucho de lo que van a poder disfrutar en El amor es una mierda.
Seguramente van a salir con más preguntas que respuestas como yo, y es que de
eso se trata el teatro: de picarnos la curiosidad, de hacernos pensar, de
provocar el debate, de defender nuestros puntos de vista y de escuchar a los
demás. Sin duda, es una obra que tienen que ver porque además es una especie de
ejercicio investigativo, al asomarse a la ventana mental de lo que una
dramaturga considera que es el sufrimiento de un hombre atravesando un desamor
de gran formato.
Las funciones se extienden
hasta el 5 de mayo en la Sala B de La
Teatrería, los martes a las 8 de la noche. Los boletos se pueden
adquirir en taquilla y también en la página web de este recinto teatral. Muchas
gracias a Sandra Narváez por la invitación y las
facilidades para la realización de esta reseña.



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