Por Verónica Mastachi
El
impactante efecto nostálgico y autorreflexivo del unipersonal
multidisciplinario No Concreto es resultado del trabajo conjunto de grandes
personalidades de la escena teatral nacional.
Actuado
magistralmente por Diego Martínez Villa bajo la excelente dirección de Bárbara
Alvarado, con una fina
y voraz dramaturgia de Thelma Carrizosa, este montaje se está presentando en una corta,
pero muy intensa temporada todos los miércoles de febrero en el Foro
Shakespeare a las 8:30 de la noche.
En No Concreto, los paradigmas se van disolviendo con cada movimiento. Y, ¿qué es lo primero que rompe con lo establecido? En mi opinión, la flexibilidad del personaje. Y no hablo sólo de la capacidad física del actor para realizar acrobacias y coreografías, como si fueran lo más normal y sencillo del mundo, mientras nos cuenta la historia de un acto violento que el protagonista de la obra atestiguó cuando era niño o su relación con el amor adolescente y su pasión por el fútbol. También del hecho de haber experimentado eventos tan fuertes y que, pese a todo pronóstico estadístico y sociológico, hubiera crecido para convertirse en un miembro apreciado por su comunidad gracias a su esencia colaborativa y su sentido de pertenencia al barrio.
Si
alguien pudiera jactarse de ser querido por su gente, definitivamente sería él,
sin dudarlo. Su orgullo era innegable, así como sus ganas de ser reconocido,
aunque ni uno ni las otras le dieran el suficiente impulso para despegar del
suelo. Pareciera como si, en el fondo, supiera que sus sueños e ilusiones
estaban más lejos de lo que aparentaban desde una pantalla de televisión o en
una cancha de fútbol.
Entonces,
¿cómo es que un niño que creció en medio de la crudeza de esta ciudad a finales
del siglo pasado, no sólo viviéndola en primer plano sino respirándola en todo
momento, bajo su cielo gris y su aire enrarecido, pudo seguir con su vida
siendo lo más feliz que le fuera posible dado lo que tuviera al alcance?
¿Quizá
fue el primer amor, o a lo mejor el apoyo incondicional de su gente, o la
ilusión de que siempre habría un partido de fut que jugar, o con quién jugar,
tomar una chela y hacer talacha para poder, más tarde, echar la reta con una
caguama?
Como si su pasado se lo hubiera advertido a gritos. Todo, o casi todo.
Así
es como puedo describir la experiencia de No Concreto, intentando no dar demasiados avances que estropeen
su propia vivencia como espectadores. Esta obra es una receta exquisita de
resistencia física y emocional, con cadencia entre narrativa y movimiento
corporal, una historia compleja y divertida basada en la dureza de la realidad
al ser hombre en la Ciudad de México, y que mantiene la atención todo el
tiempo, gracias además a una perfecta coordinación entre luces, elementos
escénicos y lo íntimo de la sala.
Se
las recomiendo mucho, aprovechen estas últimas funciones para invitar a alguien
que se preste a la discusión de temas sociales desde puntos de vista
referenciales, como No Concreto lo hacen de manera muy puntual. ¡Disfrútenla!



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