Desde el patio de butacas
POR: Luis Santillán
La estructura del teatro de la Grecia clásica
alternaba los episodios con los estásimos; en los primeros, los
personajes desarrollan la línea anecdótica por medio de la acción; en los
segundos, el coro comenta o da información a partir de la acción, son
acompañamientos musicales. Esta estructura es la que toman Alan
Estrada y Salvador
Suarez O para la
creación de Siete veces adiós.
La línea anecdótica inicia en el séptimo aniversario
de una pareja, en la cena “Ella” decide que es momento de que la relación se
ponga en pausa; “Él” deseando que la relación sobreviva le propone un recorrido
por siete momentos o etapas, cada uno se convierte en una estampa o viñeta en
la que se expondrá cómo viven/vivían la relación. La música acompaña el
transito de la pareja, hay momentos donde es el sound track, en otros
funciona como eco emotivo, en contadas ocasiones se fusiona con la acción
directa de los protagonistas.
Siete
veces adiós más
que un musical puede pensarse como teatro musical o quizá como un concierto
escénico, la realidad es que está en una zona “gris”, eso no demerita los
resultados en escena, pero sí expone ciertas debilidades de la propuesta.
La escenografía de Jorge Ballina
proyecta un estudio de grabación, en los costados
están quienes hacen la música, en el centro, en una base giratoria, quienes
hacen la acción, por momentos los músicos suben para crear imágenes, pero todo
el tiempo se mantienen separados los espacios de ficción. Esta decisión en el
diseño estimula la percepción del espectador, provoca una sensación de
intimidad que es coherente con el contenido de varias viñetas, en otros, realza
la impresión de exhibición.
Fernanda
Castillo y Gustavo
Egelhaaf tienen los
roles de “Ella” y “El”, la mancuerna funciona bastante bien, equilibran a los
personajes a partir de los tópicos de cada uno: ella, pragmática; él, disperso;
ella, dubitativa; él, constante; etc. Si bien los personajes son estereotipos,
tanto Castillo
como Egelhaaf, aprovechan las variantes emotivas de cada momento
para enriquecer lo que el texto les da, es el “encanto” del reparto lo que
logra producir matices en los personajes, elemento de suma importancia para
mantener solidos los estados emotivos que podrían consumirse muy rápido por lo
lineal que son.
Castillo muestra una gran capacidad para mantener un
personaje contenido, que requiere de poco para hacer cimbrar los preceptos románticos.
Lo que sobresale en ella es que, a pesar de los ecos de múltiples personajes
bajo el cual está creado el suyo, logra mantener una personalidad particular. Egelhaaf tiene gracia, no lo hace mal, sin embargo, no logra
romper el molde del personaje masculino que lucha por revivir el amor.
César
Enríquez tiene el
personaje anfitrión/narrador y aprovecha que no está basado de manera tajante en
algún patrón, puede transitar por diversas personalidades según requiera cada
momento, lo hace con gracia, proporciona a la propuesta zonas de regocijo tanto
por su trabajo actoral como por la distención que provocan sus intervenciones.
La música y letras de Jannet
Chao, Vince Miranda y Alan
Estrada producen
efectos emotivos que cautivan al público, las canciones funcionan de manera
independiente y acompañan los momentos.
Hay un eco referencial de múltiples propuestas,
sería ocioso enlistarlas, eso en sí no es negativo, pero sumado a esa zona
“gris” en la que queda la propuesta vale la pena reflexionar sobre los alcances
creativos de Siete veces adiós. Es entendible que este tipo de proyectos no corran
riesgos, sin embargo, al tener un elenco que funciona muy bien, un equipo
musical con talento y la certeza de que habrá una respuesta emotiva del público
es imposible no preguntarse por qué no se tomaron decisiones creativas más
tajantes, más particulares para realmente ofrecer una propuesta que innove.
En una entrevista para Caras, Fernanda
Castillo compartió: “Recuerdo que de niña veía musicales y decía: ‘yo quiero
hacer eso, porque el teatro hace que la gente olvide que está triste’” Y logra
que la gente goce con Siete veces adiós, quizá no olvida su dolor -porque la propuesta
funciona a partir de explotarlo-, pero lo vuelve disfrutable.



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