EN LA SOLEDAD DE LOS CAMPOS DE ALGODÓN
Por Carmen Zavaleta
El otro día en la Narvarte platicaba
con mi prima y le contaba que había visto una puesta en escena que trataba del
encuentro cara a cara de dos hombres, un enfrentamiento con palabras que dejan
ver un profundo vacío, el cuestionamiento de la existencia y la necesidad del
otro. Muy naturalmente ella me contestó: “¡eso parece francés!”; nos reímos
porque tenía razón, el texto del que le hablaba es “En la soledad de los campos de algodón” de Bernard-Marie Koltès (Metz, 1948 –París 1989).
Hace varias semanas que esos campos
de Koltès están en cartelera bajo la dirección y con la traducción de David
Olguín. La obra cuenta con las actuaciones de Manuel Domínguez y Enrique Arreola, la escenografía e
iluminación de Gabriel Pascal, y la producción
es de Eloy Hernández, Cortejo Producciones y Teatro El Milagro.
La anécdota es el encuentro al
anochecer de dos hombres el “Cliente” (Manuel Domínguez) y un “Dealer” (Enrique
Arreola); en medio del campo (que puede ser cualquier lugar) nunca sabremos qué
es lo que uno quiere del otro, porque aquí los roles cambian conforme pasan las
horas.
Domínguez y Arreola tienen un gran reto: enfrentarse,
sostener, construir; bajo la mirada de David Olguín lo logran. Los actores tienen una
carrera comprobada y han transitado por diversos géneros y tonos teatrales, se
ganan nuestra confianza -sea o no la primera vez que los vemos- lo que
necesitan hacer a toda costa; porque el texto no es sencillo y por momentos en
la sala el calor es agobiante, lo que puede jugar en contra de la puesta, asista
dispuesto a esta circunstancia.
Casi desde la inmovilidad, el relato
transita entre las metáforas, la realidad, lo íntimo y lo público permeado a
cada momento por la insatisfacción; esa que a los humanos se nos da tan bien.
Cuando vi En la soledad de los campos de algodón recordé lo que alguna vez escribió
Fernando de Ita en teatromexicano.com sobre David
Olguín a propósito de su entrada
a la Academia de Artes en el 2017, y sobre su texto “La
representación”, donde está presente “…El sentido tragicómico de la existencia,
el afán de abolir la realidad con la irrealidad…”; me atrevo a pensar que esta
inquietud sigue, porque en La soledad de los campos de algodón, los
personajes se mantienen en un viaje constante, sin llegar, sin encontrar, yendo
y viniendo en sus deseos, atrapando su espíritu con la furia y hablándose de
frente sin concesiones.



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