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LA CEGUERA NO ES UN TRAMPOLÍN
Por: Carmen Zavaleta

Uno de los directores que siempre me sorprende y en el que tengo altas expectativas es David Gaitán, él con sus años y una carrera sólida probada en México y el extranjero, aprovecha cada intervención que tiene en el espacio teatral para hablarnos de frente y sembrar preguntas e imágenes  en nuestra memoria escénica.

Fotografía: José Jorge Carreón

David lo está haciendo otra vez, ahora con La ceguera no es un trampolín, una puesta en escena donde el fondo y la forma son exactos y efectivos. La obra que actualmente está en temporada en el Teatro El Galeón se gestó en Berlín en el 2014 (con un elenco alemán y el equipo creativo mexicano) y ese mismo año se presentó la 35 Muestra Nacional de Teatro en Monterrey.

El antecedente es importante, pues si bien no se trata de la misma puesta en escena (el equipo, el territorio y el tiempo son distintos), si estamos ante un material bien conocido para un director que sabe exactamente lo que nos quiere decir y cómo; ahora acompañado de un equipo creativo nacional cuyo trabajo es impecable.

La anécdota se centra en las preguntas fundamentales de la creación escénica ¿cómo se aborda?,¿cómo no caer en los lugares comunes?, ¿cómo ser un auténtico artista?, aquí los personajes centrales son tres maniquíes (Harif Ovalle, Michelle Betancourt y Raúl Villegas), quienes se encuentran en medio de la nada, (un no-lugar que puede ser cualquier sitio), buscando su camino, sin saber muy bien a dónde se dirigen y buscando una idea de preferencia original y brillante pero sin caer estereotipos.

Fotografía: José Jorge Carreón

La estética visual y el diseño sonoro (este último de Xicoténcatl Reyes) son poderosos, el escenario está transformado en un cubo blanco acompañado de un video que representa horizontes y el mundo exterior. Las atmósferas físicas, visuales y sonoras nos llevan de la incertidumbre al caos y la calma.
 La obra arranca con un aquelarre de personajes grotescos que en segundos desaparecen para dejar el lugar a los tres protagonistas. Ellos permanecen completamente inmóviles durante minutos- que parecen horas- un tiempo que el director usa magistralmente para inquietarnos y sembrar en nuestra mente una serie de cuestionamientos: “¿qué es eso, de qué se trata, qué van a hacer?”, una genialidad, porque con el transcurrir de la obra, nos damos cuenta que las preguntas que nos hicimos al inicio, son el hilo conductor de la puesta. David y su equipo nos dicen todo lo que va a ocurrir en una sólo escena, sin una sola palabra y en la inmovilidad absoluta.

De primera vista uno podría decir que la obra parece varias cosas que no es y que es al mismo tiempo: un performance, un ensayo del pensamiento, un acto de clown; en realidad se trata de una reflexión sobre la ficción y la creación tan bien estructurado que parece no tener una estructura definida, pero ese es un juego porque aquí todos saben lo que están haciendo.

En el transcurso de la obra surge el humor, los desencuentros entre los protagonistas, la importancia de trabajar en equipo, la infidelidad, la duda; temas y formas de decirlo que pueden tocar a todos los espectadores, sean cercanos o no al hecho teatral.

Fotografía: José Jorge Carreón

Debo confesar que en los momentos en que aparecen las figuras grotescas de la puesta (payasos, aspirantes a actores, bailarinas, contorsionistas) percibí un teatro de Gaitán hermanado con el teatro de Alberto Villareal; tal vez fue la plástica y el tipo de energía; no lo sé;  el asunto es que la reflexión me hizo caer en una cuenta: el problema de cómo y desde dónde abordar  la creación es una constante de todas las generaciones y es lo que permite que nuestro teatro se alimente unos a otros, lo que lo hace vivo.

El equipo creativo del montaje está integrado por Matías Gorlero y Félix Arroyo en la escenografía e iluminación; Ricardo Loyola en el diseño de vestuario; Maricela Estrada en Peinado y maquillaje; Xocoténcatl Reyes en Diseño sonoro; Daniel Ruiz Primo en el Video y la Música original de Jacobo Liberman, especialistas que están dando todo sobre la escena.

Ver el trabajo de David es un enorme placer, no puedo evitar pensar en el camino que ha recorrido desde “La pura idea excita” hasta “La ceguera no es un trampolín”, cuestionando la responsabilidad que tenemos en el teatro y hurgando en el seductor e inagotable mundo de las ideas, de nuestro propio espíritu. Gracias David y su equipo. No se la pierdan. 




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